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Andrés Roemer

¿Se puede cambiar lo sagrado?

1024 683 Andrés Roemer

En el artículo publicado en este espacio el día 26 de junio afirmamos que los aficionados —algunos en broma, otros en serio— participan del futbol con fervor religioso. El juego los reúne en un espacio confinado y dedicado —consagrado— para una actividad específica, los asocia en torno de una creencia común —su equipo, la camiseta, los colores y la identidad de su “tribu”—, está provisto de una ceremonia o ritual —cantar los himnos, conocer las alineaciones, lanzar el volado, elegir el área y corear los cantos—, tiene sus propias reglas, sus héroes, sus mitos y su mayor reliquia que es el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA.

El futbol se encuentra rodeado de una atmósfera que pretende sacralizar este deporte. Pero a diferencia de lo que sucede con otras actividades humanas, también rodeadas por una atmósfera sagrada, nadie puede decir que tiene la verdad, nadie puede autoproclamarse como iluminado y tratar de imponer sus reglas. El futbol podrá tener implicaciones antropológicas, sociales, económicas o evolutivas; podrá ser trascendente para millones de personas y mover a miles de millones; podrá estar sacralizado, pero es un juego, extraordinario y maravilloso, pero en última instancia un juego. Sus reglas son invenciones de un ser humano que intuyó la natura humana, su filosofía —fair play— es su “deber ser” acordado por quienes participan del futbol y por más que se sacralice no encierra nada sobrenatural ni divino. Tan es así, que aún cuando sus 17 reglas no cambian, sí lo hacen las reglas que lo organizan, se adecua a los nuevos tiempos e integra nuevas tecnologías —el balón Jabulani es el ejemplo más reciente en este sentido.

Algunos psicólogos evolutivos y filósofos coinciden en que los seres humanos tenemos una inclinación a sacralizar el entorno (véase el artículo publicado en este espacio el 14 de noviembre de 2009). Queremos poner orden en un mundo caótico, queremos darle sentido a nuestra existencia para no sentirnos como un barco a la deriva y en medio de incertidumbre constante guardamos la esperanza de que alguien en algún lugar nos ayude a tomar el control.

El problema con lo “sagrado” es que una vez establecido no admite disidencias; cualquier crítica o reforma implica un oprobio contra el statu quo del pensamiento imperante. Cuando ésta tendencia se ciñe a la esfera de lo religioso constituye un mundo aparte, pero cuando sacralizamos las actividades cotidianas se corre el peligro de imponer reglas y valores inmutables que detienen el progreso de la humanidad. El derecho divino —aquel según el cual Dios elegía al gobernante de un pueblo y lo demostraba haciéndolo nacer príncipe— es un ejemplo arquetípico, pero no el único; los mitos nacionalistas son también una forma de sacralizar el pasado, como lo son algunas normas —formales e informales— y valores.

Cuando una sociedad asume que determinados valores, normas o incluso acuerdos institucionales son sagrados, lo que hace es tratar de blindarlos contra el cambio. Sin embargo, no debemos olvidar que tanto los valores como las normas surgen para resolver problemas en un contexto que no necesariamente permanecerá constante al paso de los años. Por ello, debemos cuestionarnos si los valores y normas con los que nos regimos nos sirven de algo o es el momento de cambiarlos.

Querido lector, por última vez —al menos por este mundial— permítame usar el futbol para extraer una lección. Hace unos días Joseph Blatter declaró: “He hablado con las delegaciones de México e Inglaterra y les he dicho: lo siento. Ellos me dieron las gracias y aceptaron que los errores arbitrales forman parte del juego, aunque hayan contribuido a eliminarlos (…) a la vista de la experiencia en este Mundial, no tendría sentido no reabrir el debate sobre el uso de las nuevas tecnologías”. Sí, al parecer el debate sobre usar cámaras y censores para corregir errores arbitrales se pondrá sobre la mesa. El tabú según el cual los errores humanos son parte indispensable del juego, porque aumentan la incertidumbre, comienza a caer.

El futbol, el juego que para muchos es el más humano y por ello el más popular en el mundo, no deja de ser futbol por adaptarse a los nuevos tiempos, por incorporar nueva tecnología. De esa misma forma, no por llevar a cabo las reformas estructurales que el país requiere seremos menos mexicanos, ni por cambiar nuestros valores abandonamos nuestra identidad. Después de todo, el cambio es la única constante del ser humano.

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Doctor en Políticas Públicas

“Homo emotio”

150 150 Andrés Roemer

¿Homo qué…? Cuando quedó claro que el concepto de Homo sapiens no expresaba la singularidad de nuestra especie surgieron otros conceptos como Homo faber, Homo religiosus, Homo ludens y Homo economucus. Ahora, los nuevos conocimientos generados desde las neurociencias y la sicología experimental nos han revelado a las emociones como estrategias de sobrevivencia desarrolladas y mejoradas a lo largo de millones de años de evolución. Si hoy amamos, envidiamos o admiramos es porque ello permitió a nuestros antepasados sobrevivir (v.gr. Helen Fisher concluyó que el amor mantiene unida a la pareja el tiempo suficiente para cuidar de un bebé hasta que es capaz de caminar y alimentarse sin ayuda: somos monógamos seriales).
Son emociones como el miedo y el estrés lo que nos lleva a tratar de controlar el mundo, por medio de la ciencia o lo sobrenatural; es el placer de asumir un riesgo lo que nos motiva a salir de cacería, a conducir un auto a grandes velocidades, a saltar en paracaídas y a romper los límites preestablecidos. Lo que nos mueve es sentir. No es casualidad que “emotion” y “move” compartan la misma raíz indoeuropea “meu”: movimiento.

La palabra española “mover” y su contraparte inglesa “move” son palabras extraordinarias porque conllevan significados tan diversos como sus contextos. Cuando nos gusta alguien decimos “ella/él me mueve”; cuando alguien se queja por no tener trabajo su interlocutor le suele decir “¡pues muévete!” (haz algo para que consigas trabajo y deja de quejarte, holgazán); en las publicaciones de sociales podemos encontrar frases como “él se mueve en los círculos de la farándula” (conoce a gente del espectáculo); si alguien se enfrenta a un problema complejo, cuya solución en poco depende de él, suele decir “moveré cielo, mar y tierra pero lo lograré”; cuando una figura de autoridad, como sus padres o su jefe, le llama la atención porque usted no alcanzó sus expectativas el regaño incluye frases como “muévete, pero ya”; y cuando usted se siente con ánimo, cuando siente que puede lograr lo que se proponga usted está “motivado” (tiene la aptitud de mover algo; o está en movimiento).

Desde que somos niños el movimiento nos atrae y lo estático lo ignoramos. Nuestra sociedad rinde culto al movimiento: admiramos a los bailarines, a los atletas y a cualquier persona capaz de sorprendernos con su destreza motriz y en la medida en que sean más complejos los movimientos será mayor nuestra admiración. Pero cuando enfermamos reducimos nuestra movilidad y en la medida que la enfermedad empeora tendemos a la inmovilidad. Asociamos el movimiento con la vida y la inmovilidad con la muerte.

Cuando alguien sufre un accidente lo primero que se le pregunta es “¿se puede mover?”. En su libro El Código Cultural, Clotaire Rapaille llega a la conclusión de que el código cultural de “salud y bienestar” en Estados Unidos (es decir, la palabra que inadvertidamente hace a los norteamericanos pensar en la salud, sin decir “salud”) es “movimiento”, mantenerse en movimiento es demostrar que se está sano.

Rendimos culto a otras formas de movimiento. Cuando escuchamos la historia de un emprendedor exitoso lo que admiramos es su capacidad de ascender (moverse) socialmente, un heredero millonario no causa tal sorpresa porque lo que valoramos no es cuánto dinero tiene sino cuánto “hizo”. Por alguna razón valoramos más la historia del niño inmigrante que contra todo pronóstico se convierte en astronauta (José Hernández) que la del doctor que proviene de una familia de clase alta. Nuestra sociedad rinde culto a quienes rompen los límites, a los exploradores, a quienes apuestan al cambio. Nos encanta todo lo que implica movimiento porque de alguna forma intuimos que la vida misma es movimiento.

Es momento de introducir un nuevo concepto que ocupe un lugar junto a los antes mencionados: Homo emotio. Propongo reconocer lo que Schopenhauer ya intuía en la frase preferida de Albert Einstein “podemos hacer lo que queramos, pero no querer lo que queramos”; porque nuestro instinto reptiliano —genético— emotivo nos mueve: somos Homo emotio. Al final, el mecanismo natural que nos conduce a la evolución es el movimiento: el cambio impulsado por nuestras emociones.

En política pública hemos considerando al ser humano un ser racional y maximizador. Mas hemos fallado en comprender que el ser humano no siempre pretende maximizar los beneficios pecuniarios y que no siempre se comporta de la misma forma (v.gr. el mismo agente puede ser altruista y profundamente egoísta, frente a la misma disyuntiva en distinto momento y viceversa). Por ello, necesitamos generar investigación y nuevos indicadores bajo el concepto de Homo emotio que complemente los que ya existen bajo el supuesto del Homo sapiens y Homo economicus (v.gr. PIB o PNB) para así encontrar mecanismos de desarrollo que verdaderamente funcionen.

Presidente de Poder Cívico, AC

Educación: ¿esperar a Superman?

150 150 Andrés Roemer

Imagine un autobús escolar con dirección al precipicio… la vida de los pequeños a bordo está a punto de terminar ante la mirada impotente de todos… cuando de pronto aparece volando Superman y pone a salvo al autobús. Para Davis Guggenheim y un grupo de emprendedores educativos y especialistas en la materia, esto es más que una escena de Las aventuras de Superman: es una idea que invita a cuestionarse ¿quién podrá salvar un sistema educativo en dirección al desastre?

Hace unos años Guggenheim dirigió el provocativo documental sobre el cambio climático, Una verdad incómoda, narrado por Al Gore. Ahora regresa con Esperando a Superman, en el cual sigue las aspiraciones académicas de cinco niños que quieren asistir a escuelas charter y no a las escuelas públicas tradicionales, pero ello no depende de sus habilidades sino de un sorteo.

El documental combina lo emotivo (los sueños de unos niños, el esfuerzo de sus padres, un sistema que obstaculizan su desarrollo y una esperanza en manos de la suerte: entrar a una escuela charter) con la reflexión sobre un tema toral: la educación pública. Apoyado ampliamente en estadísticas y entrevistas a expertos, el argumento central del documental es que la burocracia de las escuelas tradicionales (que sostiene las restricciones para contratar y despedir personal, y para diseñar programas docentes propios) forma jóvenes con bajo rendimiento académico quienes terminan por desertar de la escuela. ¿Le suena familiar?

La educación es un tema tan complejo como relevante y por ello exige un análisis detallado, más allá de un documental. No obstante, Guggenheim retrata y comunica admirablemente la problemática del sistema educativo estadounidense, provocando la reflexión en torno a una pregunta, imprescindible de resolver, para mejorar cualquier sistema educativo: ¿Cómo formar ciudadanos mejor preparados con los recursos con que contamos? Una respuesta es: con escuelas charter.

¿Qué es una escuela charter? Es una escuela pública organizada y administrada por un grupo de la comunidad —ya sea de padres, de maestros, una combinación de ambos, una organización social o una empresa privada— que recibe financiamiento público de acuerdo al número de alumnos y cuenta con mayor libertad que las tradicionales. Su objetivo es ofrecer más opciones dentro del sistema de educación pública, no sólo en términos del número de escuelas, sino también en innovación administrativa y programática.

Las escuelas charter tienen la libertad de establecer sus propias reglas como el programa docente, el manejo de personal, los métodos de enseñanza y los procesos de operación. Gracias a ello, pueden ofrecer programas docentes que además de cubrir el programa oficial enfaticen algún área (v.gr. artes, ciencias, deportes o lenguas extranjeras); pueden dotar de filosofía organizacional a la escuela; y aunque el financiamiento es público, no son administradas por funcionarios del gobierno, pero sí rinden cuentas.

¿Por qué funcionan mejor que las escuelas tradicionales? Muchos servidores públicos vinculados con la educación no consideran las necesidades del estudiante. Se ocupan por estar bien con quienes pueden poner en riesgo su fuente de empleo y quienes pueden facilitarles un ascenso. En este sentido, el estudiante es considerado un actor secundario de la labor educativa a quien se le da el mínimo necesario de atención (piense en las semanas de clases que se pierden en escuelas mexicanas a causa de huelgas y marchas).

El financiamiento de una escuela charter depende de dos factores: de su matrícula de alumnos y de cumplir con un estándar de calidad. Por ello, los incentivos están orientados para que los educadores se esfuercen por atraer alumnos y evitar la deserción (v.gr. con asignaturas novedosas y métodos de enseñanza que inviten a cuestionar y divertirse) sin que ello implique menor calidad educativa. Así, los profesores se comprometen con el éxito académico de sus alumnos porque su trabajo depende de ello.

¿Cómo se garantiza la calidad educativa? En EU quienes desean establecer una escuela charter deben cubrir una serie de requisitos y presentar un proyecto ante la autoridad educativa para su análisis, el cual describa sus metas específicas y procesos operativos. Además, se pueden emplear indicadores para evaluar la calidad educativa (v.gr. exámenes de conocimientos, índice de graduados o índice de ex alumnos admitidos en universidades) y hacerlos públicos para que los padres comparen las escuelas, de tal forma que se fomenten la competencia en términos de calidad.

En México llevamos décadas diagnosticando los problemas de nuestro sistema educativo, pero no hemos hecho lo suficiente para resolverlos; parece que “seguimos esperando a Superman”. La solución sólo puede venir de intentar soluciones diferentes a las que han fracasado y, en ese sentido, las escuelas charter pueden ser una herramienta fundamental. Dejemos de esperar a Superman, es tiempo de pensar y actuar por la educación.

Por una libertad sin adjetivos

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¿Sabía que la dice que usted es libre para expresarse, pero no para comprar pautas en radio o televisión que expresen sus preferencias electorales? En efecto, el artículo sexto en su primer párrafo señala: “La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, los derechos de tercero, provoque algún delito, o perturbe el orden público; el derecho de réplica será ejercido en los términos dispuestos por la ley. El derecho a la información será garantizado por el Estado”.
Es decir, todo mexicano debería ser libre para decir si apoya o no a un candidato (libertad de expresión), debería tener acceso a las opiniones de distintos actores políticos, líderes de opinión o cualquier otro ciudadano sobre quienes aspiran a gobernarnos (derecho a la información) y, con ello, cuestionar la información recibida para formar su propia opinión (libertad de pensamiento). Pero no es así.

El artículo 41 señala al IFE como el único actor que puede administrar tiempos en radio o televisión para hacer proselitismo. Además, en su fracción III, apartado A, inciso G, párrafo tercero dice: “Ninguna otra persona física o moral, sea a título propio o por cuenta de terceros, podrá contratar propaganda en radio y televisión dirigida a influir en las preferencias electorales de los ciudadanos, ni a favor o en contra de partidos políticos o de candidatos a cargos de elección popular”. ¿Sabe lo que esto implica? En México la libertad de expresión es limitada, porque cualquier ciudadano sin militancia partidista carece de la libertad para expresar sus preferencias electorales en dichos medios. Peor aún, también lesiona el derecho a la información porque en lugar de alentar el debate público lo sanciona, pretende marginar las opiniones de quienes no coincidan con un algún partido político fuera de los medios con mayor cobertura e impacto en la sociedad.

Además, trastoca la libertad de pensamiento. Aun cuando jamás estamos totalmente libres para pensar —estamos influidos por nuestro idioma, tradiciones y experiencias— hay formas de acercarse. En primer lugar, debemos de informarnos considerando para ello diversas opiniones y corrientes de pensamiento, contrastar esas informaciones, cuestionarlas y formar opiniones propias. Ahora bien, si no hay derecho a escuchar opiniones de ciudadanos o cúpulas apartidistas —se nos limita el derecho a la información— ¿puede el ciudadano ejercer su libertad de pensamiento plenamente?

Si usted, querido lector, está de acuerdo con esta prohibición, cuestiónese lo siguiente: ¿sabía que este tipo de control de contenidos en medios ha sido instrumento de regímenes autoritarios? ¿Sabía que millones de personas usan las redes sociales para criticar, mostrar su apoyo y cuestionar a los políticos (en Egipto fueron extraordinarias herramientas para promover las protestas pacíficas)? ¿Por qué en la radio y la televisión nos lo impiden?

El tema de fondo es si la Constitución debe albergar limitantes a las libertades ciudadanas. ¿Sabía que un grupo de ciudadanos interpusieron un amparo para demostrar que esta prohibición es anticonstitucional? El amparo ya está en la Suprema Corte de Justicia de la Nación que pronto deberá resolver sobre el tema. Al referirse a este debate se habla de “el amparo de los intelectuales”, cuando sería mejor hablar de “el amparo de un grupo de liberales” porque este amparo es una batalla por la libertad y apoyarlo es una posición congruente con quienes apostamos a la libertad como el camino para construir un México próspero y democrático.

Esto es muy serio, y no es un tema propio de las televisoras o de los partidos, ni de los intelectuales o los legisladores, es un tema de México. Porque cada uno de los ciudadanos debemos ser empoderados y exigir el respeto al valor fundamental que es la libertad de expresarnos, de informarnos, de manifestarnos y de pensar.

No es un debate más de la agenda nacional, es el debate toral de México. Si lo que se pretende con este articulado es generar equidad electoral; logrémoslo, pero no a cambio de nuestra libertad. Existen otras políticas públicas para ello. De otra forma, es como pretender curar una apendicitis provocándole al paciente un paro cardiaco. Es decir, no sólo es absurdo sino peligroso. Sin libertad no hay democracia.

México exige una libertad sin adjetivos y cada uno de nosotros debe estar consciente de lo que se está debatiendo en la materia.

Finalmente, no olvidemos las palabras de Bertolt Brecht: “Primero vinieron por los comunistas, y yo no los defendí, porque yo no era comunista. Después vinieron por los judíos, y yo no los defendí, porque yo no era judío. Entonces vinieron por los católicos, y yo no los defendí, porque yo no era católico. Finalmente, vinieron a por mí, y para entonces, ya no quedaba nadie para defenderme”.

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Dietas vs. obesidad: factores que determinan el éxito

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Un día una amiga me dijo que después de tantos años de haber probado numerosas dietas dejó de pedirle a Dios su ayuda para adelgazar… ahora le pedía que sus amigas engordaran. Como ella, millones de hombres y mujeres piensan la obesidad en términos relativos al grupo social al cual pertenecen, comparándose con el otro y no con un estándar saludable. Para esos millones, mantenerse sin esfuerzo entre los “menos gorditos” puede ser razón suficiente para abandonar dietas y programas de ejercicio. En efecto, estudios recientes demuestran que los factores sicológicos son relevantes en cuanto a la obesidad se trata.

Un problema “gordo”: de acuerdo con cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, siete de cada 10 mexicanos padecen sobrepeso y tres de cada 10 sufren de obesidad; en México durante 2009, las enfermedades crónicas asociadas con la obesidad y el sobrepeso costaron 42 mil millones de pesos al sector salud; y el costo de los programas de prevención, se estima, alcanzará los 3 mil 500 millones de pesos cada año. ¡Urge una solución!

Para mantener un peso saludable, los médicos recomiendan hacer ejercicio regularmente y alimentarse sanamente. Aun cuando millones de personas se someten a dietas y asisten a gimnasios, muchos de ellos no logran mantener un peso saludable. A quienes fracasan en el intento de cambiar su estilo de vida a menudo se les culpa de perezosos y carentes de fuerza de voluntad. Parece ser que ese mito está por caer. Hay numerosos factores biológicos que intervienen para mantener un peso saludable —v.gr. el metabolismo, el volumen del cuerpo y la proporción de grasa— pero también hay factores sicológicos que escapan al autocontrol.

Robert Cloninger de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington en St. Louis estudia los rasgos de la personalidad que afectan a la motivación para lograr y mantener un peso saludable. Afirma que mucha gente fracasa en el intento de adelgazar o mantener el peso por factores sicológicos como el optimismo o la búsqueda de novedad; y que por el contrario, algunos rasgos usualmente considerados perjudiciales para el bienestar mental pueden aumentar las posibilidades de mantener el peso bajo control. En un estudio, Cloninger encontró que quienes eran calificados con personalidad poco agradable y en el extremo más neuróticos lograron perder más peso que quienes fueron calificados menos neuróticos y más agradables.

Cloninger también ha encontrado que las personas con sobrepeso tienden a ser amantes de la novedad. Las personas con este rasgo de la personalidad tienen problemas para regular la dopamina —un neurotransmisor que provoca una sensación de bienestar—, lo que los motiva a buscar experiencias nuevas o gratificantes que aumenten el nivel de dicho neurotransmisor. Por ello, los amantes de la novedad suelen ser más impulsivos y tener mayor riesgo de ser codependientes al consumo de alcohol, cigarros o alimentos con alto contenido calórico. Bajo estas condiciones, es de esperarse que pierdan fácilmente la motivación para reducir sus porciones de alimento, evitar ingerir carbohidratos o hacer ejercicio.

En otro estudio —del Kansai Medical University Obesity Hospital— se realizó un perfil sicológico de 101 pacientes con obesidad y se les siguió durante seis meses, tras los cuales los investigadores concluyeron que tener sentimientos negativos es útil para perder peso. Los pacientes que se mostraron descontentos con sí mismos y su peso también se mostraron más motivados para hacer los cambios necesarios en su estilo de vida. En el sentido opuesto, las personas más optimistas se esforzaban menos para lograr sus metas. Al parecer, los optimistas subestiman los riesgos de desarrollar enfermedades crónicas como la hipertensión o la diabetes y son más proclives a suponer que se mantendrán saludables sin cambiar su estilo de vida.

Los factores sicológicos mencionados son moderadores de las motivaciones y los hábitos sobre qué comer y beber, en qué cantidades o cuánto ejercicio hacer, por ello deben ser considerados en el diseño de las políticas públicas contra la obesidad. Por ejemplo, la terapia de grupo, la difusión constante de los riesgos asociados a la obesidad y la impartición de educación alimenticia podrían ser programas eficaces para algunos ciudadanos, hasta para algunos optimistas. Pero no necesariamente para quienes son amantes de la novedad, porque éstos son incapaces de seguir una dieta estricta consistente en los mismos tipos de platillos para todos los días. Para ellos, la estrategia apropiada debe considerar una dieta basada en la experimentación con nuevas recetas y alimentos inusuales, encontrar diversas actividades de su interés que requieran hacer ejercicio, y establecer un plan de autorrecompensa —v.gr. realizar viajes o comprar algún artículo de lujo— que los motive para mantener el compromiso con su nuevo estilo de vida.

Vicios privados: escándalos públicos

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Politics is the art of looking for trouble, finding it, misdiagnosing it, and then misapplying the wrong remedies.
Groucho Marx

David Epstein, Kalimba, Berlusconi, Clinton… La política pública orientada a la regulación sexual conlleva un reto intelectual sustentado en una interrogante inminente: ¿Por qué regular la actividad sexual? ¿Por qué si el sexo es considerado una actividad prioritariamente privada y ajena a intromisiones en nuestra sociedad, recibe cada vez mayor atención por parte de diversos grupos de poder, académicos, partidos políticos, organizaciones no gubernamentales, instituciones eclesiásticas, medios de comunicación, dependencias de gobierno, organismos de salud pública, y la sociedad, que se involucran en cuestiones privadas, de intimidad, y personales de los individuos? ¿Por qué la regulación sexual es materia de preocupación colectiva y de “trato público”, y no de interés particular y de “trato privado”?

Las respuestas a esta materia no tienen contestaciones inmediatas y menos aún obvias. La premisa general de la filosofía liberal es que una sociedad libre y democrática no debe interferir en las decisiones de adultos con capacidad de discernir sobre lo que es mejor para ellos, y cómo deben regular su propia conducta sexual.

Con base en las premisas de la filosofía liberal, entonces, ¿por qué se da el que la autoridad pública, o la sociedad en general, intervengan en decisiones sobre el comportamiento sexual de los individuos?

Cuando el derecho y la política pública portan en sus principios y axiomas el consenso moral de la gran mayoría de los ciudadanos (como en el caso de las regulaciones que prohíben el homicidio doloso), los individuos no tienen la “necesidad” de conocer la regulación explícita pertinente para cumplir con lo establecido por la norma; sólo se debe seguir lo dictado por la “conciencia”, o en su caso, la cultura y las costumbres preponderantes de cada individuo y del momento, para comportarse de manera pertinente.

Sin embargo, en cuestiones donde la opinión moral, y los principios valorativos y deontológicos son tan diversos, cambiantes en función del tiempo y del lugar, y en su caso contradictorios —como lo es en la regulación sexual—, no opera la obviedad de seguir parámetros de conducta claros y definidos. No es obvio cuál debe ser la edad mínima para definir el estupro; o cómo definir la legalidad o ilegalidad acerca de las relaciones incestuosas consensuales entre adultos (caso David Epstein), o bajo qué parámetros establecer los criterios de violación dentro del matrimonio; o de qué manera delinear la diferencia entre erotismo, pornografía y obscenidad; o entre libertad de expresión, daño a la moral pública y buenas costumbres.

Una manera de responder a estas interrogantes está relacionada con los daños —físicos, sicológicos, económicos— que la actividad sexual (aun con el acuerdo voluntario de las partes) puede ocasionar a las partes y a terceros, o mermar recursos públicos de la sociedad. Por supuesto que la pregunta se complica cuando hay que definir si de hecho hay terceros afectados en determinada actividad (v.g. posesión de materiales eróticos —pornográficos— para uso de consumo discreto y personal); y se facilita en aquellos casos donde una de las partes —en contra de su voluntad— es afectada por la conducta sexual de otra (v.g. violación sexual). Hay otros casos donde el daño ocasionado es menos visible, pero existe, a pesar del acuerdo voluntario de las partes (v.g. adultos que de manera consciente y voluntaria se involucran en relaciones sexuales donde se pone en riesgo la posibilidad de transmitir alguna enfermedad; en dichos casos, la propagación de la enfermedad puede llegar a utilizar recursos de terceros, léase hospitales, medicamentos, doctores, y en general la atención por parte del Estado en materia de seguridad social).

Una óptima regulación en cada una de las actividades respectivas consiste en minimizar los daños en mención con los menores costos posibles de implantación y preferencia, que aquellos que ocasionen dichos daños sean responsables de sufragar los costos ocasionados por los mismos. El propósito es que los costos no superen los beneficios que pretende la norma.

Con base en lo anterior, habrá que definir si es mejor regular más o regular menos, regular para implantar lo que dictamina la norma o simplemente regular con el propósito de “regular”, pero tolerando de facto las actividades que se llevan a cabo.

Sin duda, maximizar los beneficios es trascendente como objetivo de la política en materia de regulación sexual, sin embargo, la optimización económica es sólo la mitad de la historia; la regulación debe —de modo prioritario— conllevar el sentido de justicia: la sanción debe ser proporcional al daño ocasionado y debe tratar a los iguales por igual. La sanción debe lograr disuadir a las personas involucradas a no reincidir en una actividad sexual que perjudique a la sociedad más de lo que la beneficie, y de prevenir que otros no involucrados realicen una actividad similar. Por último, la regulación debe de prever que la norma proteja la libertad, el derecho de acción, la voluntad individual y las preferencias valorativas de seres con plena capacidad de discernir y de actuar.

En cada caso se deben analizar cuestionamientos inherentes a la política pública: ¿cuáles son los daños que puede ocasionar la actividad en cuestión?, ¿de qué forma?, ¿cómo regular (o no regular) la conducta sexual?, ¿cuál es el bien jurídico que se pretende tutelar? Y sobre todo, ¿con qué criterio evaluar la forma en que la norma existente —en cada uno de los contextos existentes— regula, tipifica, sanciona, interviene o protege los derechos de los involucrados y de terceros?

La libertad debe ser el parámetro de referencia, el daño a terceros, su limitante. La privacidad y respeto para los involucrados, pero no sentenciados al proceso.

Unas líneas sobre el proceso. El sistema democrático dicta la máxima que uno es inocente hasta que no se le demuestre lo contrario. En muchos países “democráticos”, esto no pasa. Los medios y la opinión pública dictan sentencia aun antes de que el proceso judicial inicie. La política pública acorde es que cualquier demandado en la materia debería permanecer anónimo hasta que el sistema de justicia dicte sentencia. En caso de duda, no hay que olvidar que es peor castigar a un inocente, que absolver a un culpable.

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Religión: monopolio de creencias

150 150 Andrés Roemer

¿Recuerda la película Siete años en el Tíbet, basada en un libro homónimo que narra las experiencias de Heinrich Harrer en Asia durante los años 1944 y 1951? En la cinta se hace referencia a un templo budista cuya construcción demoró años porque el lugar estaba infestado de ratas y cucarachas. Alguien podría preguntarse: ¿por qué?, ¿acaso no había venenos para exterminar la plaga?, ¿es tan difícil aplastar cucarachas? Debemos considerar que para el budismo tibetano lastimar a un animal implica arriesgarse a lastimar la reencarnación de algún ser humano. En efecto, según esta creencia al poner trampas para ratas usted podría estar atentando contra la reencarnación de sus antepasados.

Para muchas personas la idea de reencarnar puede carecer de sentido y reencarnar en un animal podría ser hilarante. ¿Se ha preguntado qué pensarán en otras culturas de nuestras creencias religiosas?, ¿qué pensarían si les dijéramos que un ojo de venado, la medalla de un santo o un hamse —mano de Fátima— puede protegerlos de “el mal de ojo”? Tal vez se reirían o nos mirarían con condescendencia, tal como un adulto ve a un niño pequeño, quien no quiere dormirse hasta no haber visto a Santa Claus.

Cuestionar los dogmas religiosos es peligroso. A quienes dudan de las creencias sobrenaturales —los escépticos— se les suele acusar de atentar contra “el bien”. Pero quienes levantan estas acusaciones pretenden ignorar que ellos mismos son escépticos respecto a las creencias religiosas de los otros; es más, algunos fundamentalistas están dispuestos a llegar a la violencia para imponer sobre otros sus creencias, bajo el argumento de que ellos conocen “la verdad” y los otros viven en el error. Por ello hoy, querido lector, me gustaría demostrarle que usted también es un escéptico, que usted duda de dogmas sagrados, aun —y prioritariamente— si es un religioso vehemente. Cuestiónese lo siguiente:

Quienes practican la astrología creen que tener a Saturno en su carta astral es un mal augurio para su vida. ¿A usted le importa algo la relación que haya entre Saturno y su fecha de nacimiento?

Una práctica habitual de la santería es sacrificar gallinas o cabras como ofrendas a fuerzas sobrenaturales para que cumplan sus deseos. ¿Cree que funcione?

Los cienciólogos afirman que cada ser humano guarda en sí un alma que vino de otro planeta, llamada “thetán”. ¿Qué opina de ello?

Los aztecas consideraban un honor ser cortado por el pecho para sacar su corazón en ofrenda a un dios serpiente emplumada. ¿Le gustaría ser “distinguido” de esa forma?

Millones de hindúes oran a estatuas del pene de un dios llamado Shiva. ¿Cree que su vida sería mejor si también usted lo hiciera?

A algunos fundamentalistas musulmanes se les enseña que si se hacen explotar en una sinagoga durante un servicio religioso, se convertirán en mártires y por ello irán inmediatamente al paraíso donde hermosas vírgenes los esperan. ¿Cree que esto tenga sentido?

El judaísmo enseña que encender un fósforo o un auto durante el Sabbath va en contra de los mandamientos de Dios y que una mujer casada no debe saludar de mano a un hombre que no pertenece a su familia. ¿Qué opina de ello?

Uno de los dogmas fundamentales de la Iglesia católica es que el vino y la hostia se convierten en la sangre y la carne de Jesús durante la consagración. ¿Cree que eso suceda?

Millones de cristianos pentecostales afirman que de manera espontánea el Espíritu Santo los hace hablar en lenguas extranjeras o desconocidas, sin tener conocimiento de dicha lengua. ¿Cree que eso es posible?

El Libro de Mormón —el libro sagrado de la Iglesia de Los Santos de los Últimos Días— afirma que Jesús vino a América después de su resurrección. ¿Cree que eso es un hecho histórico?

¡Ajá! Ya lo imaginaba, seguramente usted es tan incrédulo como yo respecto de todo lo anterior, o cuando menos de los dogmas ajenos a su religión.

Lo ve, usted es un escéptico. Cualquier sistema de creencias sobrenaturales que uno adopte nos exige asumir que determinados dogmas son “la verdad”. Si uno acepta tal cosa, entonces está negando que cualquier otro dogma sea verdadero —vgr. si uno cree que al morir se va o al paraíso o al infierno; no deja cabida para creer en la reencarnación— y en ese sentido somos escépticos pues dudamos de lo que para otro es “la verdad”.

La razón es muy sencilla: cada religión apuesta a convertirse en un “monopolio” de la fe y para ello debe imponer barreras de entrada a cualquier competidor. Sentirte especial es una necesidad biológica que siempre persistirá. Cada quien tiene derecho a creer en lo que quiera y todos deberíamos respetar las ideas de los otros respecto a la religión, así se trate de no creer. Por ello, antes de adoptar una religión o continuar con ella considere un principio: que nuestras creencias religiosas no violenten la integridad física ni la libertad de los otros.

Es alentador percatarse de que casi todos dudamos de la religión, cuando menos de la religión de los demás.

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Érase una vez

640 426 Andrés Roemer

Érase una vez un lugar donde a los ciudadanos se les decía que eran socios-dueños de una gran petrolera pero nunca recibían sus utilidades y no se les permitía vender su parte… eso sí, de ser necesario les pedirían “aumentar su capital” mediante impuestos.

Un lugar donde los infantes crecían pensando que “obedece” era otro nombre genérico para “niño”.

Un lugar donde los primeros dieciocho meses de un niño sus padres se la pasaban enseñándolo a caminar, a explorar y a hablar; y los siguientes dieciocho años tratando de que el niño se quedara quieto, callado y obediente.

Un lugar donde a la mayoría de los ciudadanos no les importaba “la victoria o la derrota”; sino “ser el ganador”.

Un lugar donde el problema de ser puntual era que sólo quien era puntual lo apreciaba… todos llegaban después de él.

Un lugar donde el 100% de la gente exitosa consideraba que el 99% de sus pares lograron el éxito por suerte o por trampa.

Un lugar donde se producían cosas originales y buenas; lo malo era que las buenas no eran originales y las originales no eran buenas.

Un lugar donde las escuelas de imagen tenían la peor reputación.

Un lugar donde había más libertad de expresión que de pensamiento.

Un lugar inseguro cuyos ciudadanos sufrían por la delincuencia… pero si no pagan sus impuestos tendrían la seguridad de ir a prisión.

Un lugar donde extender puentes era un tema prioritario para el congreso… a tal grado que éste reformó la ley para garantizar “puentes vacacionales” oficiales.

Un lugar donde los políticos se disfrazaban de ciudadanos; les daba pena decir que realmente eran políticos.

Un lugar con un sistema alimentario “gratis”… por ello nadie lo valoraba.

Un lugar donde la cartera vencida de la banca privada era subsidiada por los contribuyentes.

Un lugar donde los ciudadanos se preocupaban por gastar menos en lugar de ser productivos y eficientes.

Un lugar donde las circunstancias garantizaban que quien comenzara con nada, lo conservaría toda su vida.

Un lugar donde cada cuatro años se “soñaba” con un campeonato de la FIFA pero cuyos ciudadanos sólo conseguía el primer lugar en obesidad infantil.

Un lugar en el cual se celebraba el pasado y no el futuro.

Un lugar donde nadie se tenía que preocupar por los adultos mayores de más de ochenta años… no era necesario porque la esperanza de vida no llegaba a ello.

Un lugar donde los niños crecían pensando que “saliste igualito a tu padre” era otra grosería.

Un lugar en el cuál el “mérito” no tenía que ver con los resultados; sino con las amistades.

Un lugar donde los políticos no mentían, decían honestamente lo que pensaban; el problema era que cambiaban de opinión constantemente.

Un lugar cuyos policías corruptos eran castigados, no enviándolos a prisión; sino con su baja. Así ellos podían dedicarse de tiempo completo a la delincuencia.

Un lugar donde la democracia se basaba en la sabiduría colectiva producto de la desinformación individual.

Un lugar cuyos ciudadanos creían que los asiáticos convertían las crisis en oportunidades; así que para ser originales decidieron convertir las oportunidades en crisis.

Un lugar donde los problemas que le quitaban el sueño a los ciudadanos provenían de dos fuentes: Por las desgracias propias y por los éxitos de sus vecinos.

Un lugar para el cual sólo había dos formas de ser indiferentes a la violencia: Hacerse el idiota o serlo.

Un lugar donde –a pesar de las leyes de la física- al parecer era posible cambiar el pasado (de la nación)… cada sexenio algún burócrata “historiador” se encargaba de demostrarlo.

Un lugar cuyos genios eran fáciles de reconocer; bastaba esperar a que los inútiles conspiraran contra él y/o que en otro país fuera apoyado.

Un lugar cuyos ciudadanos sabían que sobre-pagaban a la burocracia… pero se conformaban pensando: “Aquí nos tocó vivir”.

Un lugar cuyos médiums abandonaron el negocio, cuando corrió el rumor de que la superstición era de mala suerte.

Un lugar donde imperaba la máxima de Stephen Grover Cleveland: “Aunque la gente soporte al gobierno, el gobierno no debe soportar a la gente”.

Un lugar donde los políticos pasaban tanto tiempo “pre-ocupándose” por los problemas de los ciudadanos –lo manifestaban en sus discursos, en sus reuniones y en los documentos partidistas- que no dejaban tiempo para realmente “ocuparse” en resolver esos problemas.

Un lugar lleno de oportunidades; cualquier adolescente podía encontrar en una esquina una ocupación… -lamentablemente- el requisito era atreverse a jalar un gatillo.

Un lugar donde quien no lograba la grandeza del éxito siempre podría recurrir a una gran compañía de relaciones públicas para convencer a todo el mundo de lo contrario.

Un lugar donde se les enseñaba a los ciudadanos a enorgullecerse de su constitución “fue la más avanzada en su tiempo… la que más derechos sociales reconoció” –les decían- pero poco se hacía para que todos cumplieran la ley.

Érase un lugar donde sólo usted lector, podía hacer la diferencia

45 cosas que no me enseñaron

150 150 Andrés Roemer

1. En lugar de darles a los políticos las llaves de la ciudad; mejor hay que cambiar la cerradura.

2. La mejor manera de promover la lectura es prohibiéndola; bien dijo Mark Twain: “Lástima que el agua no sea un pecado, sabría tan rica”.

3. Todo en uno, no hay en alguno. Como bien dice Ricardo Salinas “elegir es renunciar”.

4. Para no ser objeto de envidias… haz nada, di nada, se nadie.

5. El libro de auto ayuda sólo ayuda a quien lo escribe.

6. Es más fácil aceptar una crítica que un cumplido.

7. La regla de oro debería ser: “no le hagas al otro lo que no le gusta que le hagan”, en lugar de “no le hagas al otro lo que no te gusta que te hagan”.

8. Creer en otra vida implica no creer en esta.

9. Cuando siento que la gente está de acuerdo conmigo percibo que algo debe estar mal.

10. Háblale a alguien sobre sí mismo, te va a escuchar por horas.

11. El nacionalismo es un peligro social.

12. Un camello nunca puede ver su joroba.

13. Los gobernantes mexicanos contemporáneos han tenido ideas buenas y originales; el problema es que las originales no son buenas y las buenas no son originales.

14. Necesitamos una licenciatura donde se enseñe a tener modales con uno mismo.

15. Un amigo te escucha hasta que lo contradices.

16. Un cínico es quien después de matar a sus padres suplica clemencia ante el juez argumentando: “que es huérfano”.

17. Nunca creas algo que no haya sido certificadamente cuestionado.

18. Me encanta mi doctor, me pregunta: “cuál es tu problema”, posteriormente le respondo: Dr. ¿cuál es mi problema?

19. Me pregunto: ¿Por qué en algunos países se castiga el intento de homicidio con la pena de muerte?

20. En mi generación, el divorcio es tan común que mis amigos que siguen casados temo que lo único que quieren es ser originales.

21. Me pregunto: ¿Por qué siempre que alguien comete una estupidez se excusa argumentando: “sólo estoy cumpliendo órdenes”?

22. He aprendido que la mejor manera de sentirse delgado es estar rodeado de gente gorda.

23. Siempre puedes detectar a un mitómano, a menos que lo lleves dentro.

24. El éxito es 1% inspiración y 99% buena suerte.

25. El chisme es el único sonido que viaja más rápido que la luz.

26. No entiendo por qué la gente está tan molesta con el gobierno si no ha hecho nada.

27. “Trata de ser feliz con lo que tienes”, es la fórmula infalible para lograr la mediocridad.

28. La mente humana conlleva una preocupación que espera ser sustituida por otra.

29. Un poco de soberbia es como estar un poco embarazada… tiende irremediablemente a incrementarse.

30. Un libre pensador es un pensador capaz de imaginarse a sí mismo creyendo en cualquier cosa.

31. Una de las más intrigantes ventajas de una mentira política frente a un gato, es que el gato sólo tiene nueve vidas.

32. En México está en boga meditar. Por lo menos, eso es mejor que estar sentado sin hacer algo.

33. Uno no puede recordar todos los nombres de quienes conoce a lo largo de su vida; pero algunos alientos resultan inolvidables.

34. Un psicótico piensa que 2+2=3; mientras que en el Banco de México saben que invariablemente 2+2=4, sólo que no lo pueden tolerar.

35. La melancolía ya no es lo que solía ser.

36. Somos lo que pensamos.

37. La ventaja de ser pobre es que los medicamentos te curan más rápidamente.

38. La gente llama reaccionario a todo aquel que piense diferente a uno mismo.

39. La puntualidad en México es el arte de intuir en qué momento llegarán todos los demás.

40. La línea telefónica de atención a clientes de mi banco sería la forma idónea para quejarme de su mal servicio… si alguien contestara.

41. La mejor manera de mantener un secreto es olvidarlo.

42. Si algún día llegase a necesitar un transplante de cerebro; yo elegiría el de George W. Bush, porque quiero un cerebro que nunca haya sido utilizado.

43. Todos los turistas quieren lo mismo: ir a lugares donde no encuentren turistas.

44. Si los vegetarianos comen vegetales; ¿qué comen los humanitarios?

45. Los orgasmos son de quienes los trabajan.

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Preguntas peligrosas

529 640 Andrés Roemer

¿Puede haber moral sin religión?, ¿debemos permitir que los padres “diseñen” genéticamente a sus hijos?, ¿si reemplazáramos la mayor parte de nuestro cuerpo por prótesis tecnológicas seguiríamos siendo humanos?, ¿el Estado nación desaparecerá?, ¿la ciencia destruirá a la religión?, o ¿la ciencia es sólo otra forma de fe?, ¿la monogamia es una invención de los hombres sin poder?, ¿los hombres tienen una tendencia innata a la agresividad?, ¿las mujeres son menos aptas que los hombres para las matemáticas y el ajedrez?

¿La tasa de criminalidad ha decrecido en algunas ciudades debido a que dos décadas atrás la ley permitió por primera vez abortar en embarazos no deseados?, ¿legalizar la prostitución descendería la taza de violaciones?, ¿la moral es un producto de la evolución de nuestro cerebro, sin realidad intrínseca?, ¿podría la sociedad estar mejor si la heroína y la cocaína fueran legalizadas?, ¿se reduciría el terrorismo si la policía pudiera torturar a los sospechosos en circunstancias especiales?

¿La inteligencia media de los países occidentales está decreciendo porque las personas menos inteligentes están teniendo más hijos?, ¿habría hijos no deseados si hubiera un mercado libre de adopción?, ¿podrían salvarse más vidas si se instituyera un mercado libre para transplantes de órganos?, ¿Dios y el diablo son personajes de ficción?, ¿las religiones han cometido más homicidios, en términos proporcionales, que el nazismo en su conjunto?, ¿los nacionalismos perjudican a las sociedades?, ¿la asistencia económica es perversa para los países que la reciben?

¿La religión es el opio del pueblo?, ¿la religión es una neurosis colectiva?, ¿a los niños —por natura— les gusta jugar a la guerra y a las niñas a la cocina?, ¿la clonación humana será una práctica inevitable?, ¿la gente es pobre porque quiere?, ¿la humanidad es cada vez menos violenta?, ¿la monogamia es un mito?, ¿el adulterio debería ser un problema privado y no un delito público?, ¿la superstición es innata al ser humano?

¿La pornografía genera violencia?, ¿el IQ de la gente depende de su origen étnico?, ¿los afroamericanos tienen más testosterona que los caucásicos?, ¿el Islam es un tipo de fundamentalismo?, ¿el que es muy rico, se debe a que fue corrupto?, ¿ser más rico da mayor felicidad?, ¿tener hijos puede no traer felicidad?, ¿existe vida después de la muerte?

¿Infancia es destino?, ¿la gente creyente tiene un vacío existencial?, ¿la formación depende más de los “pares” y amigos cuando se es niño que de los padres?, ¿la propiedad es un robo?, ¿un país sin iniciativa privada está privado de iniciativa?, ¿la creencia destruye el humanismo?, ¿la homosexualidad es una enfermedad?, ¿la locura es una invención cultural?, ¿los judíos son avaros?, ¿los indígenas son tontos?, ¿los otros son enemigos?, ¿debemos usar medicamentos para cambiar la personalidad de alguien?, ¿tenemos alma?

¿El mal sólo es una estrategia evolutiva?, ¿las diferencias entre los seres humanos y los animales son cuantitativas y no cualitativas?, ¿las diferencias de talentos entre grupos humanos son ocasionadas por la herencia genética?, ¿estamos solos en el universo?, ¿aceptaremos que no hay propósito en la existencia?, ¿la lucha contra el calentamiento global está perdida?

¿Las drogas pueden cambiar los patrones del amor humano?, ¿debería permitirse elegir el sexo de los hijos?, ¿el cerebro humano podrá entender el universo?, ¿el Internet será consciente de sí mismo?, ¿somos sólo colonias de bacterias?, ¿el “yo” es una quimera conceptual?

¿La longevidad humana aumentará indefinidamente?, ¿por qué cuando los productos cruzan la frontera, los ejércitos se quedan en el cuartel?, ¿el gobierno es parte del problema y no de la solución?, ¿la cultura es otro producto de la evolución?, ¿el cerebro humano es un artefacto cultural?, ¿podemos ser libres?, ¿somos relativamente irracionales? ¿por qué nos engañamos a nosotros mismos?