¿Se puede cambiar lo sagrado?

1024 683 Andrés Roemer

En el artículo publicado en este espacio el día 26 de junio afirmamos que los aficionados —algunos en broma, otros en serio— participan del futbol con fervor religioso. El juego los reúne en un espacio confinado y dedicado —consagrado— para una actividad específica, los asocia en torno de una creencia común —su equipo, la camiseta, los colores y la identidad de su “tribu”—, está provisto de una ceremonia o ritual —cantar los himnos, conocer las alineaciones, lanzar el volado, elegir el área y corear los cantos—, tiene sus propias reglas, sus héroes, sus mitos y su mayor reliquia que es el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA.

El futbol se encuentra rodeado de una atmósfera que pretende sacralizar este deporte. Pero a diferencia de lo que sucede con otras actividades humanas, también rodeadas por una atmósfera sagrada, nadie puede decir que tiene la verdad, nadie puede autoproclamarse como iluminado y tratar de imponer sus reglas. El futbol podrá tener implicaciones antropológicas, sociales, económicas o evolutivas; podrá ser trascendente para millones de personas y mover a miles de millones; podrá estar sacralizado, pero es un juego, extraordinario y maravilloso, pero en última instancia un juego. Sus reglas son invenciones de un ser humano que intuyó la natura humana, su filosofía —fair play— es su “deber ser” acordado por quienes participan del futbol y por más que se sacralice no encierra nada sobrenatural ni divino. Tan es así, que aún cuando sus 17 reglas no cambian, sí lo hacen las reglas que lo organizan, se adecua a los nuevos tiempos e integra nuevas tecnologías —el balón Jabulani es el ejemplo más reciente en este sentido.

Algunos psicólogos evolutivos y filósofos coinciden en que los seres humanos tenemos una inclinación a sacralizar el entorno (véase el artículo publicado en este espacio el 14 de noviembre de 2009). Queremos poner orden en un mundo caótico, queremos darle sentido a nuestra existencia para no sentirnos como un barco a la deriva y en medio de incertidumbre constante guardamos la esperanza de que alguien en algún lugar nos ayude a tomar el control.

El problema con lo “sagrado” es que una vez establecido no admite disidencias; cualquier crítica o reforma implica un oprobio contra el statu quo del pensamiento imperante. Cuando ésta tendencia se ciñe a la esfera de lo religioso constituye un mundo aparte, pero cuando sacralizamos las actividades cotidianas se corre el peligro de imponer reglas y valores inmutables que detienen el progreso de la humanidad. El derecho divino —aquel según el cual Dios elegía al gobernante de un pueblo y lo demostraba haciéndolo nacer príncipe— es un ejemplo arquetípico, pero no el único; los mitos nacionalistas son también una forma de sacralizar el pasado, como lo son algunas normas —formales e informales— y valores.

Cuando una sociedad asume que determinados valores, normas o incluso acuerdos institucionales son sagrados, lo que hace es tratar de blindarlos contra el cambio. Sin embargo, no debemos olvidar que tanto los valores como las normas surgen para resolver problemas en un contexto que no necesariamente permanecerá constante al paso de los años. Por ello, debemos cuestionarnos si los valores y normas con los que nos regimos nos sirven de algo o es el momento de cambiarlos.

Querido lector, por última vez —al menos por este mundial— permítame usar el futbol para extraer una lección. Hace unos días Joseph Blatter declaró: “He hablado con las delegaciones de México e Inglaterra y les he dicho: lo siento. Ellos me dieron las gracias y aceptaron que los errores arbitrales forman parte del juego, aunque hayan contribuido a eliminarlos (…) a la vista de la experiencia en este Mundial, no tendría sentido no reabrir el debate sobre el uso de las nuevas tecnologías”. Sí, al parecer el debate sobre usar cámaras y censores para corregir errores arbitrales se pondrá sobre la mesa. El tabú según el cual los errores humanos son parte indispensable del juego, porque aumentan la incertidumbre, comienza a caer.

El futbol, el juego que para muchos es el más humano y por ello el más popular en el mundo, no deja de ser futbol por adaptarse a los nuevos tiempos, por incorporar nueva tecnología. De esa misma forma, no por llevar a cabo las reformas estructurales que el país requiere seremos menos mexicanos, ni por cambiar nuestros valores abandonamos nuestra identidad. Después de todo, el cambio es la única constante del ser humano.

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Doctor en Políticas Públicas

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Author

Andrés Roemer

El Dr. Andrés Romer es periodista, escritor, conductor de televisión, politólogo, presentador de noticias, filántropo e intelectual. Nieto de Ernesto Roemer (director de orquesta), creció en la Ciudad de México y se ha convertido en un líder de opinión en temas políticos, sociales, económicos y culturales. En 2009 fue galardonado con el Premio Emilio Carballido para Mejor Autor Nacional por la Agrupación de Periodistas Teatrales por su obra "El Otro Einstein". El doctor Andrés Roemer es autor de más de 18 libros de diversos temas, como: felicidad, arte, sexualidad, amor, agua, futbol, derecho, economía, crimen y psicología evolutiva, entre otros. Ha sido merecedor de varios premios, incluyendo el Don K. Price Award por distinción académica en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, de la Universidad de Harvard, y las becas Fulbright, Harvard, Ford, ITAM, SEP y Conacyt; recientemente, la Fundación de Microsoft estableció el “Premio Andrés Roemer para el Desarrollo de Derecho y Economía por Distinción en el Servicio a la Comunidad Académica”.

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